Hablemos claro: ¿Cómo te hablas a ti mismo cuando cometes un error? Probablemente mucho más duro de lo que lo harías con un buen amigo. Somos nuestros propios críticos más duros. Pero la ciencia muestra: La dura autocrítica no nos hace más trabajadores o mejores; nos paraliza, aumenta nuestro nivel de estrés y debilita nuestra resiliencia mental.
¿Qué es realmente la autocompasión?
La autocompasión (en inglés Self-Compassion) no significa autocompasión o asumir un “rol de víctima”. Es la decisión consciente de tratarse a uno mismo en momentos difíciles con la misma amabilidad, cuidado y apoyo que le ofreceríamos a otros. Según la investigadora Dr. Kristin Neff, se compone de tres componentes clave: amabilidad hacia uno mismo, humanidad compartida y atención plena.
La mirada en el espejo
Comienza reconociendo el sufrimiento. En lugar de ignorar el dolor o juzgarte por ello, te permites sentirlo y consolarte a ti mismo.
Por qué tu cerebro se beneficia de ello
Cuando nos criticamos severamente, se activa la amígdala, el centro de alarma de nuestro cerebro. Liberamos cortisol y adrenalina. Entramos en un modo de “lucha o huida” contra nosotros mismos. La autocompasión, en cambio, activa el sistema de apego y libera oxitocina, la “hormona del abrazo”, que calma y nos hace sentir seguros.
Mayor resiliencia
Las personas con alta autocompasión se recuperan más rápido de contratiempos y experiencias traumáticas.
Menos ansiedad
Aceptar nuestras imperfecciones reduce la presión de tener que ser perfectos y, por lo tanto, disminuye la ansiedad social.
Mejores relaciones
Quien está en paz consigo mismo puede ser más empático y generoso con los demás.
Silencio y conexión
A menudo, retirarnos a la naturaleza nos ayuda a silenciar la voz ruidosa del crítico interno. En la vastedad del paisaje, a menudo nos damos cuenta de cuán pequeñas son nuestras preocupaciones diarias en comparación con el panorama general. Esta perspectiva es una parte esencial de la “humanidad compartida”: saber que el fracaso y el sufrimiento son parte de la experiencia humana universal.
Ejercicios prácticos para el día a día
Puedes entrenar la autocompasión como un músculo. Aquí hay tres técnicas sencillas:
- La “pregunta del amigo”: Pregúntate en momentos de estrés: “¿Qué le diría ahora a un ser querido que está en esta situación?”
- El toque de autocompasión: Coloca suavemente tu mano sobre tu corazón o tu abdomen cuando te sientas estresado. El contacto físico le señala a tu sistema nervioso que está seguro.
- Escritura reflexiva: Escribe por la noche una carta a ti mismo, describiendo una situación difícil del día desde una perspectiva compasiva.
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