Los Alpes son más que un telón de fondo para postales. Son un gimnasio gigante para el alma. En una época en la que nuestro "hábitat natural" a menudo es una silla de oficina frente a una pantalla brillante, la montaña ofrece exactamente el antídoto que nuestro sistema biológico anhela: amplitud, silencio y movimiento.
A partir de 1,500 metros de altura, algo mágico sucede en el cuerpo. El aire es más puro, bajo en alérgenos y obliga al cuerpo a adaptarse suavemente. Se estimula la producción de glóbulos rojos: un dopaje natural, que también proporciona más energía en la vida cotidiana incluso semanas después de las vacaciones.
Pero el efecto psicológico es aún más fuerte: el "Efecto de Perspectiva". Cuando miramos el mundo desde arriba, nuestros problemas cotidianos se reducen a su verdadera, a menudo diminuta, dimensión.
Caminar es meditación en movimiento. Hay que prestar atención al camino, cada paso cuenta. Eso obliga al cerebro a estar en el "aquí y ahora". Quien se distrae, tropieza.
La flora alpina es una obra maestra de la resiliencia. El genciana, la edelweiss y la árnica desafían el viento y el clima. Tomarse el tiempo para observar estos detalles reduce comprobablemente el nivel de cortisol (hormona del estrés).
Fácil y hermosa. A los pies de la Zugspitze. Agua cristalina, caminos planos, panorama perfecto sin miedo a las alturas.
Naturaleza pura. Un área protegida en Austria. Sin coches, solo montañas, agua y silencio. Ideal para familias.
El clásico. La vuelta es factible para cualquiera con una condición básica y ofrece el paisaje rocoso más espectacular de los Dolomitas.